¿Por qué es improbable que la UE vete la importación de gas ruso?

La guerra en Ucrania tiene visos de prolongarse en el tiempo, quizá meses o años. Aunque Moscú ha renunciado, al menos por el momento, a tomar Kiev; las operaciones se intensifican en el Donbass (Donetsk y Lugansk). También en la ciudad de Mariupol, donde el Batallón Azov resiste en una acería fortificada (Azovstal). Azov es una de las fuerzas élite del ejército ucraniano, con algunos elementos neonazis). Precisamente, esta acusación fue uno de los pretextos empleados por Rusia para intervenir en Ucrania, con los argumentos de «desnazificación y desmilitarización». Difícil compaginar este argumento con las barbaridades perpetradas por otros aliados rusos: los chechenos de Kadirov, poco apegados a la democracia y a los derechos humanos.

Moscú ha expresado su hoja de ruta: quiere construir un corredor que quite a Ucrania la salida al mar: desde Rusia a Transnistria, pasando por Crimea. Transnistria es un territorio perteneciente a Moldavia sobre los mapas, aunque en realidad funciona como un Estado independiente. Actúa como satélite de Rusia y antiguo territorio soviético donde el ejército de la Federación mantiene tropas de pacificación desde 1991. La chispa ha prendido allí: una serie de explosiones en unos edificios de seguridad podría servir a Moscú como excusa para abrir un nuevo frente. El movimiento metería a Moldavia (fuera de la OTAN) en el conflicto y quizá a su aliado estrecho Rumanía (sí en la OTAN y con bases militares de EEUU). El fuego puede extenderse rápidamente hacia un conflicto más globalizado.

Foto: Wikipedia | Territorio de Transnistria

Para evitar una Tercera Guerra Mundial, la Unión Europea y Occidente han eludido la intervención militar directa y han apostado por dos vías: la ayuda militar y de inteligencia indirecta y las sanciones. Hasta cinco rondas ha aplicado la Comisión Europea castigando a Moscú. Todo comenzó con requisas de los bienes del Banco Central Ruso y la expulsión de varios bancos del sistema de pagos SWIFT. Después, se aplicaron vetos sobre algunos productos, como el vodka o el caviar. Más tarde, los barcos rusos fueron prohibidos en muchos puertos europeos. Sin embargo, la UE no se ha atrevido a terminar con las exportaciones de gas y petróleo rusas. Y es que precisamente, los ingresos de la energía permiten a Moscú continuar con la máquina de guerra.

Alemania, líder de Europa y su especial relación con la URSS-Rusia

Alemania, la mayor economía de Europa (3,5 billones de euros de PIB) y líder de la UE; se ha opuesto radicalmente a este embargo de energía rusa. Las razones son claras: el Estado teutón realiza compras de gas ruso por 200 millones de euros. Pese a sus esfuerzos por reducir la dependencia de Moscú, todavía un 40% de su gas procede de la extensa estepa de Siberia. No parecen haber alternativas a corto plazo; puesto que Merkel ordenó el cierre de todas las centrales nucleares en 2011, tras el accidente de Fukushima. Según la web especializada Electricity Map, el carbón es importante para Berlín (en torno a un 30% diario). Les queda trabajo para la transición ecológica.

By Noir, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1402275

En base a esa dependencia, las relaciones germano-soviéticas germinaron desde los años 60. En plena Guerra Fría, con el Telón de Acero y la división de Alemania entre la República Federal Alemana (occidental) y la República Demócrata Alemana (oriental); todo cambiaría drásticamente. El socialdemócrata Willy Brandt, canciller de la República Federal Alemana entre 1969 y 1974; puso en marcha la Ostpolitik (política del este). Su objetivo, normalizar las relaciones entre un lado y otro del Muro de Berlín , reconocerse mutuamente y establecer vínculos con la URSS. En la misma época de la crisis de los misiles, Berlín y Moscú firmaron proyectos de gigantes gasoductos y otras infraestructuras industriales.

Un puente entre Oriente y Occidente

Pasaron las décadas, pero la Ostpolitik no. Especialmente llamativo es el caso del también socialdemócrata Gerhard Schröder, canciller de la Alemania unificada entre 1998 y 2005 y considerado «el hombre de Vladimir Putin en Alemania». Amigo personal del tirano y miembro del consejo de administración de la energética Gazprom; viajó a Sochi para reunirse con el líder ruso justo antes de que estallara el conflicto. Tal y como refleja el New York Times, Schröder actuó como lobbista de Moscú «respecto a la misma Ángela Merkel, los conglomerados industriales o los sindicatos». Su objetivo: hacer que Alemania se atara a Rusia energéticamente.

Esta dependencia se había incrementado hasta antes de la ocupación de Crimea (2014). Durante el mandato de Angela Merkel se terminó el gaseoducto Nord Stream-1 (2012), que transporta gas directamente desde Rusia a Alemania, a través del Mar Báltico y sin pasar por Ucrania. Schröder fue uno de sus grandes impulsores. Esta corriente de gas iba a incrementarse con el Nord Stream-2, cuyas obras fueron paralizadas por la nueva acometida bélica de Moscú contra Ucrania, el pasado 24 de febrero de 2022. La posición de Schröder, más común de lo que podría pensarse; ha pasado a ser repudiada por gran parte de los integrantes del SPD (partido socialdemócrata).

By Samuel Bailey (sam.bailus@gmail.com) – Own work, CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=8454783 El gasoducto Nord Stream 1 discurre directamente entre Rusia y Alemania

El canciller actual, Olaf Scholz, ha criticado a Schröder por su postura; pero reconoce que no puede deshacerse de la energía rusa a corto plazo. Una postura compartida por su homólogo austríaco Karl Nehammer. Mientras las repúblicas bálticas han vetado el gas ruso y apuestan por el Gas Natural Licuado (GNL); muchos países de Europa del Este no pueden deshacerse de la noche a la mañana de su dependencia soviética.

Las elecciones francesas, un alivio

La quinta columna ‘pro-Putin’ es evidente en el corazón de Europa e incluso en Italia, pero un triunfo de Marine Le Pen podría haber empeorado todavía más las cosas. La victoria final del centrista Emmanuel Macron (58,5% de los votos) ha supuesto un alivio de cara a la política europea. Introducir en París a una ferviente admiradora de Putin hubiera tambaleado desde dentro los cimientos de la Unión Europea y dificultado o imposibilitado una respuesta coordinada.

Perder una parte de Berlín y París para intereses europeos hubiera sido demasiado para Bruselas. Cabe esperar que Alemania evolucione hacia una mayor independencia respecto de Rusia. Sin embargo, desembarazarse de seis décadas de relaciones no ocurrirá a corto plazo y por ello, resulta improbable un embargo de gas. Al fin y al cabo, los teutones mandan en la UE.

 

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